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Entrevista a Ana Corrales, estibadora del Puerto de Barcelona, por nuestra colaboradora Beatriz Talegón para Diario 16

28 de marzo de 2017 -
9:13 min.
La foto no se corresponde a la entrevistada; es una mujer estibadora
La foto no se corresponde a la entrevistada; es una mujer estibadora

Se llama Ana Corrales, tiene 37 años, es madre de dos hijas. Además, es Estibadora portuaria. Ha sido la primera vez que hablamos. Tiene una voz enérgica, un lenguaje culto, y ella me contará después que se ha pasado la vida estudiando. Está informada, no sólo de lo que pasa en el puerto, sino de lo que pasa en el mundo. Será cosa de recibir y despedir barcos, pero intuyo que sabe lo que tiene entre manos, y es consciente de que cada euro que gana, lo ha trabajado. No hay trampa ni cartón. Y después de esta entrevista me queda muy claro que si hay algo que tienen los estibadores (y estibadoras) es una dignidad mucho más grande que cualquier mercancía de las que a diario tienen que manejar. Y si usted tiene dudas, lea:

 

Estibadora: ¿por qué?

 

Casualidad. Cuando entré en el muelle no había mujeres. Un día llegó mi padre a casa –que es portuario- sorprendido porque habían abierto el censo después de treinta años. Le sorprendía que esta vez pedían conocimiento de idiomas. Yo acababa de cumplir 18 años, tenía el carnet de conducir recién estrenado, y sabía inglés. Y hablando con mi padre, resultó que yo cumplía todos los requisitos. A él le sorprendía todo lo que se pedía, le parecía demasiado, pero a mí me parecía normal. Y me piqué para demostrarle que yo podía ser estibadora –le parecía imposible-. Decidí presentarme. Pasé todos los exámenes y entré.

 

Pero ¿eran tus planes?

No. Yo iba a empezar la carrera en ese momento. Iba a estudiar Ingeniería Técnica en diseño industrial. Tuve que elegir, porque las clases de la universidad eran de asistencia obligatoria y por el otro lado, me encontré con una posibilidad de trabajo.

 

Y tu padre ¿qué dijo?

Mi padre me decía que era un trabajo fijo, que estaba bien pagado. Mi madre, por ejemplo, no. Así que me animé a ver qué pasaba. Por perder un año no iba a terminarse el mundo, y siempre podría empezar la carrera un poco más tarde si la prueba no me gustaba. Y aquí sigo, casi veinte años después. Eso si, he compatibilizado el trabajo con estudios, así que al final no he tenido que renunciar a nada. Con esfuerzo, todo se consigue.

Mi madre pensaba que era un trabajo peligroso, de hombres; supongo que ella quería que hiciera una carrera. Lo que ellos no pudieron hacer, lo lógico.

 

Y empezaste a trabajar. Una mujer en un mundo de hombres. ¿cómo fue el aterrizaje?

Con 18 años. 1400 hombres y 7 mujeres. Entramos 14 personas en la convocatoria, la mitad mujeres.

El problema del muelle era que no había llegado nadie desde hacía 30 años. Todos eran mayores, a punto de jubilarse. Durante los diez siguientes años se renovó la plantilla y se notaron algunos cambios.

A mí me veían como a su hija, había muchas cosas que no me dejaban hacer, por protección. Me traían agua, el bocadillo, estaban pendientes de que no pasase frío, ni calor…. Muchas cosas cambiaron cuando se renovó la plantilla y todos éramos de la misma edad. Pero lo cierto es que nos siguen “cuidando” (ellos continúan pensándolo así) porque seguimos siendo una minoría.

Aunque se ha ido abriendo el censo, y han llegado mujeres, con la crisis, no ha habido convocatorias durante once años. No puedo generalizar, porque esto también hay que verlo con detalle: en Valencia por ejemplo, hay 300 mujeres. Se va viendo cada vez más presencia. Pero creo que nunca alcanzaremos la igualdad porque hay trabajos que una mujer, en términos generales, no puede hacer. Esto no significa que la mayoría de las faenas sí podamos hacerlas.

Repito: la crisis ha congelado las contrataciones. Si hubiera seguido habiendo promociones laborales, seríamos más mujeres. No es cuestión de machismo.

 

¿En qué consiste tu trabajo?

Confronta sobordista. Tengo listados de carga y descarga: en el barco hay un capataz que hace las demandas, y yo le voy respondiendo con lo que haga falta. Controlo la mercancía en tierra. Organizo con el capataz, que está en el barco: lo que hay que cargar, o lo que hay que descargar, dirijo a los manipulantes por radio para indicarles la mercancía que deben cojer…

 

Ser mujer no es un problema entonces…

Para el trabajo que yo hago, no. Pero por ejemplo, hay faenas que son casi imposibles, incluso para un hombre fuerte: cargar bobinas, plancha…. cada cadena puede pesar una tonelada. Estar moviendo semejante peso, para alguien fornido puede ser tremendo, imagínate para una mujer, que normalmente no tenemos esa condición física. Esto no es machismo. Es simplemente naturaleza. Aunque por supuesto, no niego que pueda haber mujeres que sean capaces de hacerlo. Pero a nadie se le escapa que, algunos trabajos, por lo general, si requieren de una fuerza física considerable, es más habitual que sean realizados por hombres.

 

Y trabajar entre hombres, ¿requiere un carácter especial?

Sí, sobre todo si eres jefa. Cada trabajo tiene sus cosas específicas. Y supongo que trabajar entre hombres, pues, lógicamente también. Como en cualquier trabajo que tradicionalmente haya estado copado por hombres. Cuando estás en un mundo eminentemente masculino (no sólo tengo que trabajar con estibadores, sino también con otros trabajadores de otros ámbitos), que no están acostumbrados a tratar con mujeres, hay que ponerse seria. Pero nada que no entre dentro de lo profesional.

 

¿Cómo funciona tu día a día? ¿Cómo es eso de salir de casa sin saber si realmente vas a trabajar?

Cada día voy al muelle para ver si tengo faena. A las siete de la mañana, el primer sorteo; a las siete de la tarde, el del turno de noche. Si no me toca trabajar, media vuelta y para casa. No puedo saber si mañana trabajaré, salvo que sea fin de semana, porque esos turnos se sortean el viernes.

Las empresas del muelle no pueden mantener una plantilla para todos sus picos de faena: un día llegan ocho barcos, pero otro día no llega ninguno. Las empresas hicieron una bolsa de trabajo: comparten los costes de formación, de seguridad, gastos médicos, seguridad social….

Cada día, las empresas hacen el pedido en base a lo que necesitan. Se elabora una lista con las empresas. Una calabaza con fichas del bingo, se saca una bola: el número indica el orden de las empresas para “servirse”.

Con los trabajadores pasa lo mismo. Cada trabajador tiene un número. Y por sorteo, salen los trabajadores del día. Si hoy trabajan del 1 al 61, mañana comenzarán desde el 61, y así sucesivamente.

El número uno no trabajará nunca hasta que haya trabajado todo el mundo y se de una vuelta entera.

En alguna ocasión puede suceder que haya trabajo para todos y falte personal. Por eso se hacen los sorteos también entre empresas. Porque a veces, cuando había mucho trabajo, teníamos tanta faena que no existía plantilla suficiente. Pero ahora con la crisis pasa al revés. Días en los que sobra la mitad del personal. Y por eso se quería eliminar a muchos trabajadores.

 

Y ¿qué ha pasado?

Pues que en lugar de que echasen a doscientos compañeros, por ejemplo, se decidió repartir el trabajo entre los que éramos. Somos solidarios, ya en los años ochenta, durante la huelga se planteó una olla común. Ahora, hemos acordado repartir el trabajo para que todos tengamos, aunque sea menos. Porque el día que no trabajamos, no cobramos. Y trabajamos a destajo.

 

¿Cómo ves el panorama actual de los estibadores?

Es duro. Se dice, con algún toque de maldad, que estamos muy unidos, que somos como una gran familia (como si fuéramos una mafia). Y no es así. Aquí, en Barcelona, estamos todos sindicados, y esto responde a un motivo. La razón es que llevamos veinte años luchando, día a día. Esta puede ser la novena lucha. No paramos nunca y lógicamente estamos unidos por estas batallas.

Estamos muy preocupados, aunque por desgracia estamos muy acostumbrados a luchar. En el ochenta hubo una huelga, que yo viví a través de mi padre, de veinte meses. Hemos vivido historias muy humanas y muy duras. Sí, somos una familia, pero porque nuestra vida, literalmente, depende de nuestros compañeros. Por eso estamos tan unidos, no por lo que algunos quieren dar a entender.

 

¿20 meses sin entrar dinero en casa?

La gente no sabe lo que significa “hacer olla”: se trabajaba, para las empresas que nos apoyaban, y lo que se cobraba se ponía en común para todas las familias. Y así había ingresos para todos. De este modo nos manteníamos unidos, aguantábamos.

 

Y qué le dirías a quien os critica por cobrar mucho?

Yo cobro proporcionalmente a los beneficios que genero. No hay mucho más que explicar.

 

¿Querrías que tus hijas fueran estibadoras?

No. Porque aunque sea un trabajo fijo, bien pagado, es un trabajo muy peligroso. Este año hemos enterrado a dos compañeros. Hay muchísimos accidentes laborales. Es muy triste cuando ves normal perder un dedo. No te imaginas la cantidad de gente que hay a la que le falta un dedo; es un ejemplo que te pongo para que te hagas una idea.

Es un trabajo duro: los turnos, las noches, el calor, los reenganches sin descanso. El turno de seis horas es sin parar un minuto; en el de ocho podemos comer, sí. Pero en otras ocasiones nada. Ni café, ni nada. Y si reenganchas, no tienes tiempo ni para comer. Nada.

 

Cuál es la edad de jubilación?

El que llega, a los 55.

 

¿Has dicho “el que llega?

Cada año enterramos a uno. Cuando yo entré llegamos 40 personas. El formador nos dijo que, al ritmo de accidente que tenemos, en 30 años quedaríamos 10. Me quedé impactada. Este es el asunto que peor se lleva. Somos como una familia, además de que hay muchos miembros de familia que trabajamos aquí. Cada pérdida es durísima.

 

¿por qué tanto accidente?

Porque movemos cargas enormes. Es peligroso. Por mucha prevención que haya, un muelle no es un recinto que se pueda controlar: todo lo que hay cambia cada minuto, cada día. Cada día viene un barco distinto, de un país distinto, de un dueño diferente y por mucho que quieras, no puedes controlarlo. No lo podemos controlar, ni lo quieren controlar.

Por ejemplo cuando fue la gripe aviar a los marineros de los barcos chinos no les dejaban bajar a tierra, pero a nosotros sí nos tocaba subir a los barcos. Para que te hagas una idea. Era todo un lavado de cara. Pero el riesgo lo teníamos nosotros.

Aquí ha venido chatarra radioactiva de Rusia, la traían de la central nuclear de Chernóbil y de los submarinos nucleares. Y hemos estado manejando eso sin ningún tipo de protección. Como te lo cuento.

O cuando hubo el accidente en Fukushima, llegaban los contenedores para ser analizados por gente que cumple con las normas de seguridad, pero previamente esos contenedores habían sido descargados y manipulados por nosotros, y no nos habíamos protegido de ninguna manera. Alucinante, ¿verdad?

Asumimos que hay muchas cosas que no podemos controlar, pero hay otras tantas que no se quieren controlar y se pasa de ello totalmente.

 

Pero esto que me dices es muy fuerte…

.

No es ningún secreto. Estas son las condiciones en las que trabajamos. Podríamos, y deberíamos estar bastante más protegidos de lo que estamos. Esta es una cuestión seria.

Hace unos años se quemó un contenedor de mercancía peligrosa, se tuvo que cortar incluso una carretera para evitar intoxicaciones. Pues bien, nosotros, que estábamos trabajando a trescientos metros, continuamos con nuestra faena como si no pasase nada. Tal cual. Es como si fuéramos invisibles…

 

Estáis expuestos a enfermedades de algún tipo?

No interesa estudiarlo, pero está ahí. Hay, por desgracia una serie de afecciones a las que estamos más expuestos. Por ejemplo, Crhon, psoriasis, muchos compañeros afectados de cáncer…. Cada especialista de cada máquina tiene normalmente unas dolencias: la rodilla, las vértebras, las cervicales… lo que más desgastas del cuerpo, al final, salta. Hay una tendencia muy acusada.

 

Se entiende que la edad de jubilación sean los 55…

Muchos no llegan después a los 65. Terminamos de trabajar y estamos totalmente destrozados. Muchísimos compañeros se jubilan y fallecen a los cinco años. Este trabajo hace que te dejes literalmente la vida y la salud cada día. Muchos aguantan hasta el día de su jubilación a base de pastillas, con muchos dolores. Mi padre pasó muchos años muerto de miedo porque cuando se jubiló vio cómo fallecían sus compañeros. Caían como moscas.

 

¿Os sentís respaldados por la sociedad española, por lo sindicatos?

Al principio nos sentíamos muy mal. Esperábamos que los trabajadores se solidarizasen, sobre todo porque hemos sido un colectivo que se ha involucrado mucho en diferentes luchas sociales. Sin embargo al principio nos encontramos solos. Poco a poco estamos recibiendo apoyo, incluso nos ven como un ejemplo (y eso me asusta porque no quiero ser referente de nada, aunque estoy muy orgullosa). No somos un sindicato vertical, sino asambleario, somos muy especiales, es cierto: ninguno de nosotros está liberado. Estoy muy orgullosa de este sistema. No podría pertenecer a otro tipo de sindicato. Mucha gente está empezando a entenderlo, y me hace sentir orgullo de lucha, de compañeros.

Siempre hemos estado unidos y hemos sido solidarios pero ahora más. Dependes del compañero: en la faena, tu propia vida, porque nuestro trabajo requiere de muchísima confianza entre nosotros. Y eso forja para luchar. Sí, somos una familia, pero no una mafia, somos hermanos porque nos cuidamos, porque estamos pendientes los unos de los otros. Repito: nuestra vida, literalmente, está en manos de los compañeros. Si uno falla, puede tener consecuencias terribles. Ojalá esto lo entienda todo el mundo.

Sé que desde fuera es difícil comprenderlo pero espero que con esto que cuento aquí, la gente pueda conocernos mejor. Y sumarse a nuestra lucha.

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Beatriz Talegón

Aunque nació en Madrid, creció en Guadalajara, donde estudió piano, y se licenció en Derecho por la Universidad de Alcalá de Henares. Alcanzó notoriedad pública en febrero de 2013 por criticar a los líderes socialistas en una reunión de la Internacional Socialista celebrada en un lujoso hotel de Cascais (Portugal) a la que asistían delegados de un centenar de partidos de todo el mundo. 

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