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Homenaje al trabajo y la ternura del burro

03 de septiembre de 2017 -
5:21 min.

Transportaron desde las canteras de Valdemanco la mayoría del adoquinado que había en Madrid. Construyeron pantanos, trazaron el tendido eléctrico y colocaron los postes para llevar la luz a los sitios más recónditos de España. Se adentraron monte arriba en Somosierra, en pleno temporal, para rescatar los cadáveres y ayudar a los supervivientes del primer accidente aéreo mortal de la aviación española, en diciembre de 1953. Durante decenios, fueron los encargados de llevar los libros a los pueblos. Fueron, en suma, el motor del desarrollismo que se expandió desde 1959 y que, paradójicamente, les abocó al declive y al olvido, casi a la extinción.

Rafael, Galindo, Manolo, Benito, Catalina, Marisol, Rosita, Zacarías, Pepa, Gabi, Quini... Todos ellos son asnos, pero bien podrían ser personas porque su historia está unida. La extinción de los burros va aparejada a la desaparición de mineros, pastores, forjadores, agricultores... Y tantos otros compañeros de fatiga pioneros de la civilización y barridos por ésta, que los arrincona a pueblos despoblados y en proceso de abandono. De ahí que surgiera Hermano Asno, un libro que hace un retrato de familia de ambos animales: el burro y el hombre.

La obra hace un recorrido histórico por distintas civilizaciones, y un repaso literario y artístico. Para ello se centra en España, famosa desde tiempos remotos por la cantidad y calidad de sus burros -cuenta con seis razas autóctonas reconocidas-, y también, por desgracia, uno de los países donde más rápidamente está desapareciendo la especie. El último reducto, esas personas y animales con nombre y apellidos que aparecen retratadas en el libro.

Así, los periodistas Desiderio Mondelo y Eliseo García Nieto recorrieron más de 60.000 kilómetros de punta a punta de España, captaron 50.000 fotografías y consultaron más de 750 referencias bibliográficas, periodísticas, musicales y fílmicas. Entre diciembre de 2012 y abril de 2014, entrevistaron a pastores, agricultores, tratantes de ganado y responsables de centros de acogida y, tras muchas negativas por la dificultad del proyecto, un sí de la Diputación de Córdoba para editar el libro de 560 páginas, que se terminó en abril de este año y se puede adquirir, por 38 euros, en su web hermanoasno.com.

La estructura sigue la de Platero y yo, el inolvidable libro de Juan Ramón Jiménez. En ciclos, estaciones que simbolizan las fases de la vida. Arranca con la vida y el Ejército, que tiene un programa intensivo de recuperación del asno y está en primera línea de combate contra la extinción del burro, y acaba con la muerte, según explican los autores. La portada, añaden, es un doble homenaje al asno y a la mujer, que han sufrido destinos paralelos. La mujer ha sido equiparada a los jumentos por laboriosa, abnegada e irracional, lo que ha justificado que históricamente recibieran el mismo trato por parte del hombre: una somanta de palos.

El libro se debe a la necesidad de "una mirada a un mundo en extinción", en un país que lo ha denostado especialmente al asociar lo rural a pobreza y subdesarrollo. "Los franceses sí valoran lo rural", asegura en Hermano asnoPascual Rovira, fundador de la Asociación para la Defensa del Borrico (Adebo), ubicada en Rute (Córdoba), que cuida en este santuario a casi 100 pollinos abandonados o que han sufrido maltrato.

La demonización del asno viene de antiguo, ya en época egipcia, que fueron los primeros en establecer la dualidad de este animal, algo que comparte de forma única con el ser humano: ser capaces de lo mejor y lo peor. Ningún otro animal posee esa dualidad. Hombre y asno pueden ser símbolo de trabajo, esfuerzo, abnegación... y también de tozudez, estulticia y lujuria.

A pesar de que en el imaginario popular haya prevalecido lo negativo, son muchas las virtudes que tiene este animal. A lo largo del libro, son muchos los que destacan la inteligencia del jumento, un animal que no se despeña nunca, al contrario que cabras o caballos; que tiene una excelente orientación -en las caravanas del desierto, en la ruta entre Oriente y Occidente, usaban burros encabezando la marcha por esa razón-; considerados los primeros ingenieros para trazar caminos porque siempre eligen el más corto y que menos desnivel tiene.

Es, además, un animal social como el hombre: necesita socializar no sólo para evitar problemas de carácter, sino porque la soledad lo enferma. El burro establece con sus semejantes lazos de familiaridad, amistad y compañerismo. Para vincularse usan el aseo, como los primates. Y la solidaridad asnal es férrea: mientras haya otro borrico cerca, a uno ciego jamás le faltará lazarillo.

Y es innegable la ternura y los vínculos que hay entre niños y pollinos. Su aspecto algodonoso, como se dice en Platero, les hace parecer peluches vivos. Puede que sea parte de la fascinación que los burros ejercen sobre los más pequeños. También su docilidad -a no ser que el celo o el miedo le hagan actuar con violencia- invita a acariciarlo.

El libro se lamenta que sin embargo, el burro, como su dueño, sigue sin hallar su sitio en un país que le da la espalda al agro. "El burro es una víctima del progreso", señala Pascual Rovira. Para Jesús de Gabriel, de la Asociación Nacional de Criadores de la Raza Asnal Zamorano-Leonesa (Aszal), "para volver a querer a los burros hay que estar al menos dos generaciones sin haber contactado con ellos". Para el secretario de Aszal, la recuperación del burro va a la par con la recuperación del espacio rural para un uso no tradicional.

No se trata de no avanzar. Quizá se entienda mejor en el momento actual ante el peligro que corren ciertos trabajos con la industria 4.0 y el internet de las cosas. La tecnología es buena y útil, pero se debe trabajar para buscar alternativas y reciclaje para ciertos profesionales cuya labor puede hacer una máquina. También en el caso del burro, si se quiere evitar su extinción. El libro aporta numerosas ideas de boca de centros de acogida de burros, de empresarios y ganaderos, así como del propio Ejército.

Desde el poco explorado -en España- uso de su leche para la fabricación de jabones, lociones y artículos cosméticos (aunque a todos nos suena los baños que se pegaba Cleopatra en leche de burro, el libro desmiente tal cosa porque es un producto perecedero y más con las temperaturas egipcias), pasando por protección del ganado frente a los lobos ya que los detectan incluso antes que los perros -la ganadería coruñesa Casa Grande de Xanceda fue pionera en España en esta utilización- o la asinoterapia, utilizada con excelentes resultados con niños y personas con discapacidad y enfermedades como Alzheimer y demencias.

También en la limpieza de montes. Francia los utiliza para esas labores, con grandes resultados. En España se ha hecho algo en la sierra de Madrid, en el entorno de Doñana y en el Parc Natural de Llevant (Mallorca) de 2001 a 2011, que los mandaron a Huesca por recortes presupuestarios. El Gobierno de Aragón también disolvió en 2013 una de las mayores piaras del país, 140 borricos, usados desde 2006 en esos menesteres, a pesar del bajo coste de su mantenimiento (42.000 euros al año, unos 300 euros por animal). El asno necesita pocos cuidados y se comen prácticamente toda la maleza, limpian el monte y los accesos por lo que comen y por el trasiego y el pisoteo. Una buena fórmula para evitar después incendios que cuestan mucho más dinero y vidas humanas.

Si ya fueron ingenieros de pantanos y caminos o héroes en accidentes, no es imposible que Gaspar, Estrella, Felipe, Bienvenida, Junior y tantos otros burros se conviertan en trabajadores forestales, guardaespaldas de vacas y ovejas o terapeutas de niños y ancianos. Se lo debemos al hermano asno.

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