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Carta al Director

Crónica de una injusticia universitaria. Por Ernesto Ladrón de Guevara

24 de julio de 2017 -
5:04 min.

Daniel es el hijo de un amigo mío. Esa persona cuyo nombre y profesión no quiero revelar, tuvo un papel muy activo en el apoyo al movimiento cívico, aun viviendo en Madrid. El asesinato de Miguel Angel Blanco, pero no menos los asesinatos de agentes de la Seguridad del Estado y de las Fuerzas Armadas en los años ochenta, le movieron a hacer algo para contribuir a la derrota de ETA. Y ahí estaba a píe de cañón cuando se organizaba algo, sobre todo durante el llamado “Espíritu de Ermua”.

 

Como activista del movimiento cívico tengo un profundo agradecimiento al padre de Daniel. Se complicó la vida cuando lo más cómodo hubiera sido quedarse en su casa y simplemente empatizar con las víctimas, pero sin implicarse. Él se metió en la harina, pese a que en este país de ingratos nadie se lo vaya a reconocer nunca. Por eso yo lo hago. Si él me da permiso publicaré su nombre y apellidos, aunque creo que su intención es seguir en el anonimato, como tantos otros héroes  sin nombres y apellidos conocidos a los que no se les concede la medalla constitucional; que a más de uno que no movió un dedo se la dieron.

 

Daniel es un chico que por efecto de errores médicos acabó con un cuadro hepático grave que por poco le llevó a un trasplante; que no se hizo, pero sigue con problemas de salud. Ello no le ha impedido desarrollar unos estudios brillantes en Ingeniería de Telecomunicaciones, cosechando matrículas de honor y sobresalientes. Quizás esa situación de sufrimiento por los problemas de salud fortaleció su voluntad.  Creció en el estoicismo, en el sacrificio y la resistencia al sufrimiento, y se fijó una meta que con esfuerzo y voluntad ha ido logrando. Pero topó con un profesor desaprensivo que le ha hecho la vida imposible. O más bien le ha colocado ante una situación irresoluble para alcanzar el anhelado título, pues solamente le faltan para superar la carrera un par de asignaturas, una de ellas la de este profesor inhumano.

 

La Universidad Carlos III de Madrid, que permite charlas de grupos situados en la extrema izquierda  como unas jornadas sobre libertad de expresión en Internet por parte de personas condenadas por enaltecimiento del terrorismo y cede espacios a gente que no tiene nada que ver con la Universidad,  todos de la misma órbita ideológica, argumentando que la libertad de expresión prevalece siempre sobre cualquier otro derecho, y que la crítica y la discrepancia es saludable desde el punto de vista democrático, no muestra la misma actitud tolerante y comprensiva con un alumno que casualmente ha realizado la Carrera con una Minusvalía del 48% y un catéter taladrándole el pecho.  Su delito ha sido suspender una asignatura con un 4,8 y acudir a la revisión con la pretensión de que su examen fuese corregido por otro profesor, siendo expulsado de la revisión y abriéndosele un expediente disciplinario por “negarse a abandonar la revisión”, cuando la realidad es que se le ha negado ésta. Ese es el talante de la Carlos III, mano de hierro con un alumno que solicita una revisión de una asignatura clave para terminar la carrera cuando está a punto de hacerlo,  y guante blanco para  la cesión de espacios para que extiendan su ponzoña Casandra Vera, César Strawberry y los titiriteros de Alqaeta (todos ellos condenados por apología del terrorismo). No parece proporcional la manera de tratar a unos y al otro. También es un signo de lo que digo la concesión, a modo de ejemplo, de la medalla de honor y mérito a Santiago Carrillo, el de Paracuellos, cuando no se la ofrecen a personalidades que han contribuido de modo decisivo al desarrollo de la ciencia, de la cultura o al beneficio de la humanidad, que los hay y muchos.

 

Desconozco si el citado profesor la ha tomado con ese alumno por una cuestión de inquina personal o simplemente porque es un cafre; pero parece a todas luces que Daniel hizo un examen normal ya que al ir a revisar la prueba para comprobar en qué se había equivocado, el profesor en cuestión le expulsó del lugar donde se celebraba la revisión con cartas destempladas sin atender las razones del alumno, que, indignado, insistía en su derecho a que se le dijera cuáles habían sido sus errores.  Este comportamiento del profesor no es casual, o circunscrito a este alumno, pues me ha llegado la queja de otro en similares circunstancias tratado igualmente, e invitado a salir del lugar de la revisión. Solamente que a Daniel se le ha abierto un expediente disciplinario que le puede situar en la tesitura de no poder seguir los estudios, cosa que, con todo motivo y razón lo ha  recurrido por la vía administrativa.  Al segundo alumno que sirve de prueba de este comportamiento docente indecente se le amenazó con que se le iba a aplicar la misma medida si insistía.

 

Todo invita a pensar de que se trata de una actitud ideológica la que motiva al citado profesor destruir así el futuro de unos alumnos brillantes. Parece que esa Universidad tiene mucha deferencia hacia elementos muy poco cívicos de nuestra sociedad, cuando el alumno al que cito es todo menos adicto a las ideas de ultra izquierda.

 

Es evidente que en la Universidad, como en todo ámbito y lugar, debe prevalecer un sistema de valores y principios deontológicos que hagan de los alumnos personas y no objetos sujetos a conveniencias, donde reinen unos criterios humanísticos. Cualquier centro de educación, formación o investigación debe ser antropocéntrico, humanista, para llegar al modelo renacentista que dio lugar a hacer de la persona centro de los desvelos. Pero para ello deben existir docentes que no solamente amen su materia de conocimiento, que también, pues es esencial, sino que vean al alumnado como ciudadanos que están formándose y que tienen derechos, y también obligaciones, y que solamente en el caso de que incumplan sus deberes como estudiantes o no alcancen los resultados requeridos con criterios de valoración objetivos se ha de aplicar una sanción excluyente. Pero no parece ser este el caso.

 

Hay demasiados problemas en el sistema universitario español. Uno, capital, es su endogamia, su falta de apertura al conocimiento y al enriquecimiento de su ámbito con la incorporación de los mejores, que pocas veces son del propio lugar donde desarrolla la universidad su cometido, debiendo reclutar a personas de reconocido prestigio en el saber o en la investigación para que sean centros de excelencia y prestigio. Otro es el de la politización en el mal sentido, pues es cierto que el pensamiento libre que debe circular como aire fresco en el ámbito universitario enriquece, pero solamente si es libre, no cuando se forman capillas de poder que impiden circular ese aire fresco y  dificultan  contrastar tanto el conocimiento como los  enfoques antropológicos, culturales o, incluso ideológicos, con una idea de pluralidad.  La imagen en la Autónoma de Barcelona de unos estudiantes permitidos y consentidos por las autoridades universitarias, agrediendo a otros jóvenes de Sociedad Civil Catalana, hace unos días, lo dice todo. Y no es la única ocasión en la que se ataca a heterodoxos. La hemeroteca está llena de noticias tanto o más  deplorables. Y, por último, aunque no lo único que se puede decir al respecto, el corporativismo que deja el criterio de objetividad y justicia en muy mal lugar. Malos comportamientos han de ser castigados y dar a cada cual lo que merece, que eso es la justicia. Pero también hay que premiar a los buenos estudiantes que han demostrado su calidad por su trayectoria académica.

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