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¿Te acuerdas de Arteche? Un central que hoy no tendría precio

18 de agosto de 2017 -
6:53 min.

Luis Montero Trenor es un atlético de corazón que además escribe como los ángeles y encima es amigo de esta casa. El bueno de Luis de vez en cuando, se explaya en LA GACETA escribiendo casi siempre sobre el Atlético de Madrid y aunque no es normal que un periódico anime a sus lectores a leer otros periódicos, desde SIERRA NORTE DIGITAL si os animamos a los que tengáis el corazón atlético a seguir a Luis Montero en La Gaceta, pero rápidamente volváis aquí.

Además Luis intentará hablarnos de los partidos del Atleti y de lo que le dé la gana en SIERRA NORTE DIGITAL esta temporada. Yo, como madridista y que no me importa lo más mínimo lo que haga el Atlético de madrid más allá de cuando juega con el Supercampeón de Europa y de España, seguro que leeré las crónicas de Luis y estamos seguro que a los atléticos les encantará.

Hoy os dejamos su último artículo publicado en LA GACETA sobre el central atlético: Arteche.

Sucedía cada verano. Al estudiar las plantillas de la siguiente temporada o comprar cromos futboleros, nos topábamos con un tipo alto, fuerte, bigotudo y vestido de rojiblanco. Observándole con atención -cara de malas pulgas y por aquí no pasa nadie-, alguien podría pensar que le pegaba más ser el tercero en liza de aquel dúo de bofetadas cinematográficas formado por Bud Spencer y Terence Hill. Y si los dos actores hubieran preferido el balón al cine, tal vez el rubio sería una especie de Ronald Koeman, implacable pero con buena técnica, mientras el de la barba debería asemejarse a algún central feroz como Andoni Goicoechea, tan amigo de Maradona. Qué pocos defensas barbudos y de cuántas tentaciones habrían disuadido. Pero ellos fueron actores, actores que jugaban de centrales, mientras Juan Carlos eligió defender durante más de una década la integridad de la portería atlética, impartir permanentes lecciones de testosterona, dibujar escenas épicas bajo la lluvia y jugarse la cara en cada balón aéreo. Glutamato acuñó un grito de guerra que hizo fortuna: “¡Aplasta, Arteche!”.

Al cántabro Juan Carlos lo ficho el Racing de Santander cuando sólo tenía diecisiete años. Nada más llegar fue cedido a la Gimnástica de Torrelavega -allí le partieron la nariz- y, tras acumular grandes actuaciones, pronto retornó al conjunto racinguista. Jugó varios partidos de la temporada 1976/77 y en la siguiente ya era titular indiscutible. Durante dos campeonatos, no sólo degustó las mieles de la primera división y el éxito profesional sino que además conoció a Rosa, trabajadora del club y su futura mujer. Cuántas veces acudirían juntos al Vicente Calderón.

Llega Arteche a Madrid con veintiún años, temporada 78/79. Otra de las incorporaciones es Pepe Navarro, notable portero granadino al que las lesiones retiraron demasiado pronto. El andaluz tal vez posea la hemeroteca futbolística más extensa del país. Nada más pisar la ribera del Manzanares, que no es arribar a cualquier destino, Juan Carlos se encontró con un maestro inmejorable como Luis Pereira. El brasileño hizo lo necesario para transmitir conocimientos y los dos -profesor y discípulo- solían quedarse ensayando acciones hasta bastante después de terminado el entrenamiento, igual que Juanjo Rubio y Joao Leivinha. Tras los entrenos, el astro de Novo Horizonte cabeceaba los infinitos centros que le milimetraba el pequeño extremo. Luego, Arteche compartiría eje de la zaga con jugadores como Miguel Ángel Ruiz o Andoni Goicoechea.

De rojiblanco ganaría una Copa, una Supercopa e iba a llegar hasta la final de la Recopa europea de 1986. Cuando faltaban pocos días para este gran evento continental, los chicos del Frente Atlético -que después de los partidos iban en metro y hacían temblar los vagones- aprovechaban el paso del suburbano por la estación de Ópera para colocar voz de tenor y entonar la melodía de “Venezia” (Hombres G), pero con el necesario cambio de letra: “Vamos juntos a Lyon/ para ver al Atleti campeón”. La ciudad francesa fue conquistada por los colchoneros y el ambiente en el estadio era espectacular, insuperable. Un paraíso rojiblanco. El partido no fue tan bonito porque los del Dinamo de Kiev, entonces inmenso equipo, fueron mejores y ganaron por tres goles a cero.

En una curiosa eliminatoria copera frente al Real Madrid “C”, varios aficionados colchoneros acudieron a la vieja Ciudad Deportiva merengue y algunos desalmados les quemaron su pancarta. Marcó primero el filial, pero los del Manzanares remontaron con solvencia y la gente del Atleti comenzó a vitorear a Juan Carlos Arteche cada vez que el “cuatro” rojiblanco entraba en contacto con el cuero. Eran tan desmedidas las muestras de afecto que el aclamado, en pleno partido, levantó los brazos para saludar largamente a los suyos.

Otra vez, el “traidor” Hugo Sánchez se retorcía por el césped tras alguna entrada y el Frente lo tenía claro: “Arteche, písalo”. Héctor del Mar rebautizó al defensa con el nombre de “Algarrobo” -como el tosco camarada de Curro Jiménez-, pero la parroquia atlética fue ocurrente y exquisita. Para ellos, Arteche no era el Algarrobo sino “Artechenbauer”.

Otra vez, el “traidor” Hugo Sánchez se retorcía por el césped tras alguna entrada y el Frente lo tenía claro: “Arteche, písalo”. Héctor del Mar rebautizó al defensa con el nombre de “Algarrobo” -como el tosco camarada de Curro Jiménez-, pero la parroquia atlética fue ocurrente y exquisita. Para ellos, Arteche no era el Algarrobo sino “Artechenbauer”.

El partido más recordado y heroico del central tuvo lugar en la temporada 83/84. Necesitaba el Atleti ganar al Betis para colocarse líder, pero perdía 1-3 y era ya la segunda parte. El checo Votava acortó distancias, Arteche consiguió empatar hacia el 86 y al borde del pitido final, bajo lluvia neptuniana y sobre césped embarrado, el bigotudo se alzó por encima de todos para conectar un cabezazo implacable, hacer el cuarto, romperse el menisco y salir en camilla ante la emoción general. Vicente Calderón acudió al hospital para imponerle la insignia de oro y brillantes.

Durante buen tiempo, Maceda y Goicoechea fueron los defensas centrales indiscutibles de la selección e impidieron el debut de Arteche. Cierto día, Antonio Maceda se anticipó de mala manera en un córner, Juan Carlos mostró su desagrado y el rubio del Sporting replicó: “Chaval, el fútbol es para listos”. Desde entonces, el atlético mostró especial empeño a la hora de impedir los remates de un extraordinario central que más tarde ficharía por el Real Madrid. Qué tremenda foto, la de los dos capitanes posando junto a árbitro y jueces de línea antes de un partido entre gijoneses y colchoneros. Porque Arteche llevó varias veces el brazalete de capitán.

El caso es que al fin vino el debut con la selección, aunque tan tarde como en 1986. Fueron cuatro partidos con varias cosas buenas: alto rendimiento general, un gol importante contra Islandia y una orgullosa foto junto a los también internacionales Paco Llorente y Roberto Simón Marina. Llorente empezó en el Atleti y fue el futbolista revelación del campeonato 86/87, pero también era sobrino de Paco Gento y cumplió su sueño de jugar en Concha Espina tras acogerse al pago de la cláusula de rescisión.

Nunca alcanzó la titularidad. Lo peor sucedió en un amistoso España-Inglaterra con el Bernabéu como escenario. Al delantero inglés Gary Lineker, entonces estrella del Barça, no se le ocurrió mejor idea que agitar el avispero denominando “asesino” a Arteche. Días después, dio un baño incontestable a la defensa española en general -y al zaguero atlético en particular- con cuatro dolorosos goles.

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Jesús Gil decidió estrenar su renovadisima plantilla en un Villa de Madrid frente al Liverpool. Casi todos los jugadores eran nuevos y los nombres ilusionaban al personal, pero la afición observaba con inusual tranquilidad el no muy brillante espectáculo hasta que Arteche apareció para despejar un balón e incrustarlo en algún anillo de Saturno. De pronto, la grada estalló como haciendo ver que, entre tanto desconocido, ese bigotudo sí era de los suyos. La identidad entre Juan Carlos y los hinchas fue plena. La historia con Gil no acabó nada bien porque el presidente le suspendió de empleo y sueldo junto a Landáburu, Setién y Quique Ramos. Aunque fue readmitido, los problemas volvieron hasta la definitiva salida del club a finales de 1988. Alejado de la mediocridad, continuó yendo al Vicente Calderón porque su cariño por el Atleti aguantaba cualquier circunstancia. Como la afición estaba rendida al nuevo mandatario, Juan Carlos Arteche peleó muy solo aquella guerra.

Años después de la retirada, se podía ver al “cuatro” por la madrileña calle de Claudio Coello. Iba de cuando en cuando a un bar propiedad del exfutbolista Enrique Morán -Sporting, Barcelona, Atlético, Betis-, que también frecuentaban personajes como José María García, Manolo Sánchez Delgado o el “Pechuga” San Román. Nunca perdió el interés por el fútbol ni la pasión por su Atleti.

Un día orinó sangre, acudió al médico y finalmente se le detectó cáncer en el riñón. Luchó a brazo partido, por supuesto, pero antes del fatal desenlace ya confesó a Miguel Ángel Ruiz que estaba en la prórroga y no sabía si iba a llegar hasta los penaltis. El minuto de silencio del Calderón fue sobrecogedor, igual que cuando falleció Luis Aragonés, y cabe la duda razonable de si en el Metropolitano sonarán igual los sesenta segundos de respeto y tristeza.

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Desde hace algunos veranos, mezclamos el síndrome de abstinencia futbolística con la tentación de apartar de nuestras vidas un negocio que insiste en no parecerse nada a aquel deporte recio, viril, capaz de explicar la historia sentimental de varias generaciones. Cuando el tamaño de las porterías se delimitaba con un par de piedras o, mejor, con el abrigo nuevo que nos comprometimos a cuidar. Éramos Arteche, Santillana, Quini o Arconada. Muy pocos niños de hoy elegirían a Arteche porque el cántabro era poco amigo de las filigranas y -sospecha legítima- no acudiría a centros depilatorios ni tendría demasiada actividad en redes sociales. Este “business” de ahora terminará por agotar nuestra paciencia al parecer más preocupado por limpiarnos los bolsillos con la venta de zapatillas psicodélicas -esas son las de Cristiano, aquellas las de Neymar-, que por filmar el documental borroso de nuestra futura nostalgia. Y sin eso, el fútbol poca cosa.

Algo parece evidente: el “cuatro” del Atleti no era metrosexual ni ensayaba posturas frente al espejo. En vez de eso, eligió ser un defensa de bigotes. Arrasa, Arteche. Aplasta, Arteche.

FUENTE:https://gaceta.es/deporte/zagueros-temibles-artechembauer-20170811-1828/

 

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Francisco Lanzas

Francisco Lanzas es la voz más irreverente de la Sierra Norte. Directo e incorrecto pero siempre con la verdad -o, al menos, con su verdad- por delante, reparte andanadas a diestra y siniestra a partes iguales. Utópico y romántico, es de los pocos que aún creen que España no es un concepto discutido y discutible y que a la Patria se la puede amar como a una mujer, aunque no siempre será correspondido. Y, por si fuera poco, todavía aspira a conseguir la Justicia Social.

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