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A la mierda el País Vasco. Por Luys Coleto

17 de mayo de 2018 -
3:31 min.

Mi levemente añorado Santuchu amanece glorioso: Eskerrik asko, ETA. Gora ETA. Es decir, Muchas gracias, ETA. Arriba ETA. ETA, pues, quedará impune, ya ha quedado irremediablemente impune, porque el pasteleo “constitucionalista” o de lo que él subsistiese, así lo demandaba. Casi mil muertos no sirvieron para nada. Todo en vano. Obvio. El día que algunos abandonamos definitivamente aquella sórdida tierra, envilecida moralmente hasta extremos inusitados, fuimos dichosos. Otra vida, otros rumbos, otros rostros, otros menesteres. Por duro que fuera el desarraigo resultante de una genuina limpieza étnica e ideológica, respiramos hondo. Querían un solar limpio de españoles (incluso de su grotesca variante de maquetos agradecidos). Fin. Ganaron. Que nos dejen. Utzi bakean. Como va solfeando el superlativo bardo Benito Lertxundi en su precioso Amodiozko poema (Poema de amor). Tiburoien ortz eta aginen barrena ibili behar izan dugu. Tuvimos que caminar sobre dentaduras de tiburón. Y ahora, sobreviene latosa, la matraca del relato. Verborragia inaguantable. Venga, no deis más el coñazo. Ganaron los asesinos y sus vórtices. Hasta ahora, sin embargo, los españoles nunca nos habíamos rendido. Con Cataluña y Vascongadas, hemos doblamos irreparablemente el gollete. Punto final de la historia. Lean Patria de Fernando Aramburu y se harán una minúscula y aproximada idea del horror cotidiano. De nuestra derrota como patria, tierra de nuestros padres e hijos. Recomencemos a contar como sucedió. O no. La traición de nuestras élites nacionales (políticas, económicas, judiciales) la tenemos perfectamente asumida. Sobre todo para el futuro. España, escoria y flor (Aleixandre). España, un cansancio sin nombre (Cernuda). España ha muerto.

 

Un poco de verdad

Aunque nos encaminemos irremediablemente hacia la yugoslavización de nuestro solar patrio (más exacto que balcanización para intuir nuestro destino), dennos un poco de verdad antes de la felonía final. Vindiquemos un poco de verdad, esa sorprendente criaturita magullada. En nuestros ostentosos y desnortados tiempos de postverdad, la despojada verdad, esa impúber yerta e inerme, se siente herida de muerte. Pero, indudablemente, a pesar de sus íntimos renuentes, la realidad proseguirá tozuda. Y el primer hecho nudo y descascarillado es que el hombre, a diferencia de otros animales, ansía la verdad (otra cosa es su variante politiquera). El hombre la busca, la hostiga, se punza ante su pérdida. Pero, incluso cuando la sortea, siempre es la verdad la que intercede sobre su existencia. Vampiriza (o debería hacerlo) nuestro ser durante todo el tiempo que nos vamos aproximando hacia la muerte. Al fin y al cabo, no somos más que una presente sucesión de difuntos. En realidad, el ser humano difícilmente podría instituir la propia vida sobre la duda, la incertidumbre o el embuste sistemático; tal existencia estaría perennemente amenazada por el miedo, el caos y la angustia. Se puede deslindar, pues, al hombre, como aquel que busca la verdad.

 

Y, costosísimamente, la podemos hallar. ¿A través de los sentidos? Éstos nos engañan, como lustrosamente nos alertó Descartes. Cierto, pero no del todo. ¿A través de las experiencias, a la manera de Locke y Hume, arremolinando un cúmulo de (presuntas) causalidades que expliquen los fenómenos de la realidad que pretendemos aferrar? Puede, desde luego. Los sentidos y la razón no son medios de solidificación de la ignorancia. Más bien al contrario, más allá de sus derrapes, misceláneos y ubérrimos. El escepticismo, enérgico rival de nuestra criatura, halla en sus mismas premisas lógicas su misma destrucción. Lo mismo que el relativismo. Ambos se devastan a sí mismos en sus discordantes silogismos. Importantísima es la aserción que tiene en cuenta la validez de las facultades cognoscitivas. Aseveración de gran valor frente a la evolución de la epistemología que de modo progresivo ha ido cayendo en el escepticismo. Una plañidera desconfianza que ha llevado a negar la posibilidad de conocimientos trascendentes. E inmanentes. Incluso, usuales.

 

Verdad y vida buena

Quehacer tempestuoso, limpio, fastuoso, ese rastreo de la verdad. El ser humano comienza poseyendo cierto conocimiento, cierta sospecha, cierto escrúpulo que le lleva a sondear sobre la realidad. Esto sucede también en el plano científico: lo primero son las intuiciones que ulteriormente habrá que verificar. El cotejo de las perspicacias lleva al progreso en el conocimiento. Ensayo y error, todo tan bruñido y cristalino. Todo ello nos va lleva a vigorizar la capacidad del hombre para alcanzar la verdad.

Afirma el Evangelio de Juan (8,32) que la verdad nos hará libres. Sin duda. Enemigos de la verdad, dinámicos, inagotables y pétreos: fideísmo, relativismo, subjetivismo, escepticismo, existencialismo, estructuralismo. O la hodierna corriente relativista, la postmodernidad, con su cohorte de élites psicopáticas y degeneradas aliándose con la atmósfera de ésta. Todos, a la larga, somos quebrantados, porque como indica el inicio del libro primero de la Metafísica de Aristóteles: “Todos los hombres tienen por naturaleza el deseo de saber”. Y en esa irrefrenable pulsión nos va la vida. Y, por encima de todo, una buena vida.

 

Inoiz arte, Euskal Herria!

No te añoraré, tierra criminal, ingrata y descastada. Pueblo vasco, hogaño nada valioso. Me acuerdo siempre de los más grandes, desde Santurce, Eskorbuto. De los difuntos Jesús María Expósito López en la guitarra eléctrica, Iosu, antiguo bajista de Zarama y Juan Manuel Suárez Fernández, Juanma. Y su inolvidable A la mierda el País Vasco. Fueron proféticos: Euskadi sigue rodando y rodando, /Cayéndose por el barranco. Lo dicho, a la mierda el País del Asco. A la mierda va.

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Luys Coleto

Nacido en Bilbao, vive en Madrid, tierra de todos los transterrados de España. Escaqueado de la existencia, el periodismo, amor de juventud, representa para él lo contrario a las hodiernas hordas de amanuenses poseídos por el miedo y la ideología. Amante, también, de disquisiciones teológicas y filosóficas diversas, pluma y la espada le sirven para mitigar, entre otros menesteres, dentro de lo que cabe, la gramsciana y apabullante hegemonía cultural de los socialismos liberticidas, de derechas y de izquierdas.

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